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sábado, 1 de febrero de 2014

MENCIONE A JUANITO HERNÁNDEZ Y VERÁ ARMARSE EL GUIRIGAY

PREÁMBULO
    Con pocas, poquísimas excepciones de carácter puntual, una de las características generales que se pueden atribuir a los dirigentes que han mandado en el Instituto Cubano de Radio y Televisión y a quienes les han orientado desde elevadas instancias del aparato ideológico, es su absoluta incapacidad para manejar con inteligencia una herramienta tan compleja e influyente como la televisión.

    Dedicados en cuerpo y alma, a tiempo completo, a cumplir órdenes sin rechistar, les ha faltado audacia, brío y coraje (léase huevos) y, sobre todo, previsión para adelantarse a los acontecimientos antes de que estos les estallen en la cara. Han sido los campeones del ir a remolque de la realidad.
    Ya que lo de Internet está por ver, la tv es el más poderoso medio inventado hasta ahora para influir en las masas y, bien usada, puede desde vender condones con sabor a mango hasta evitar o resolver problemas sociales.
    Pero esta verdad, que se da el primer día de clases en cualquier curso de comunicación, no se les metía en el coco a nuestros jefes del ICRT. Actuaban como si no supieran qué hacer con aquel medio de comunicación que el azar puso en su camino y que se les iba de las manos cada dos por tres.
    Utilizando como metáfora una escena recurrente de las películas de vaqueros, un dirigente de la tele cubana era -y por lo que me cuentan sigue siendo- ese conductor de diligencia que no controla a los caballos que se le han desbocado y cuyo carruaje va dando tumbos, a punto de volcar en cualquier momento.
    Ejemplos sobran: las políticas represivas aplicadas a determinados movimientos culturales, el manto de silencio tendido sobre cualquier tema que pareciera problemático, la manipulación como sistema, el autoaislamiento que llevó a desaprovechar los contactos con televisiones extranjeras, las campañas para lograr que los jóvenes se pelaran y se vistieran de determinada forma, las persecuciones a los homosexuales, el pánico a la palabra cultura, la sumisión como principal elemento de valoración a la hora de seleccionar quién se haría cargo de un programa o departamento, el torpe manejo personal y artístico del talento humano a su servicio, en fin… Cada política instrumentada y aplicada desde mediados de los 60 en adelante ha tenido como resultado el fracaso.
    Todavía a día de hoy, andan sin saber qué hacer, qué papel puede y debe jugar la televisión, ante fenómenos como el reggaeton o el rap (que consideran negativos en sí mismos, como décadas antes lo hicieron con el rock), el auge del machismo, la guapería y la chusmería, la descojonación de los valores humanos, la transformación del habla popular en un nuevo “idioma vernáculo” que desde la marginalidad invade todo el cuerpo social, etc.

TRES GRANDES CATEGORÍAS
    En el ICRT de mi época (mediados de los 60 a principios de los 90) hubo dirigentes que no desencadenaban debates entre nosotros, sus subordinados. Todos estábamos de acuerdo en que eran un desastre, sujetos dóciles cuyo principal preocupación no eran la radio o la televisión sino evitar que sus superiores les dieran un cocotazo como reprimenda o les pusieran una mancha en el expediente.

    Las diferencias de opinión que dentro de la masa de empleados generaban estos personajes se limitaban a dónde ubicarlos, en cuál de las tres grandes categorías que se manejaban por los pasillos: hijoeputas, incompetentes y anodinos útiles. Cada una de ellas con sus subdivisiones y niveles. Por tanto, había poco que discutir sobre ellos.
    Sin embargo, a veces y siempre como rareza, nos topábamos en nuestro quehacer diario con algún jefe singular, de actuación irregular, que dejaba una imagen bien distinta en cada uno de nosotros, dependiendo de cómo nos había ido en nuestro trato con él. Éstos sí generaban discusiones.

UN DIRIGENTE PECULIAR
    Juanito Hernández fue uno de los directivos de nivel medio –¡ojo!: que en ocasiones llegó a jugar en grandes ligas- que más controversia provocó en Radiocentro. Acaso sea el que más polémica desató. Y aún, tras años de su fallecimiento, la sigue desatando. Si lo quiere comprobar, mencione su nombre en una reunión de antiguos empleados del ICRT. Ya verá el guirigay que se arma.

    Conocí y conozco compañeros míos, cuya opinión valoro y respeto, que le meten en el saco de los peores capataces que sufrimos, destacando su maquiavelismo y su capacidad para la intriga y la doble cara. Sin embargo, para otros entre los que me encuentro, resulta alguien menos nefasto que los de su manada, cuyos matices personales y laborales quizás le podrían haber salvado de la quema en caso de que se hubiese encendido una hoguera purificadora en el sexto piso de 23 y M. (1)
                                                                               Juan B. Hernández Díaz   
    Trabajé cerca de Juanito durante muchos años. A veces directamente bajo su mando y otras en su entorno. Era de ese género de personas que cuando piensas que te sabes todas sus respuestas, pues te cambia sus preguntas y te deja botao.
    Para mí, él siempre fue una incógnita, alguien difícil de encasillar. Fue ese pitcher de amplio repertorio que lo mismo te puede lanzar una recta fácil de batear que te poncha con una complicada slider. Dependiendo del momento y las circunstancias, podía ponerse de tu lado defendiendo en una reunión la idea más heterodoxa y rompedora o, por el contrario, ser el más fiel guardián de las esencias talibanas.
    Por supuesto que lo considero un dirigente demoledor. ¿Quién no lo fue, en mayor o menor medida, desde la llegada de Papito Serguera en 1967 afirmando que iba a “erradicar el desorden en el organismo y establecer nuevas reglas de funcionamiento y organización”?
    Pero Juanito fue un devastador sui generis, que marcó determinadas distancias con sus colegas. Por un lado trató de ser, como ellos, un soldado fiel que cumple orientaciones por disparatadas que sean. Pero por otro, se comportó y actuó, a veces, como aquellos directivos jaboneros que amaban el medio y lo levantaron desde la nada en los años 50 hasta convertir la nuestra en una de las dos o tres mejores y más desarrolladas televisiones del mundo.
    Soy de los que opinan que estos comportamientos ocasionales se debieron a que en su fuero interno sentía por la televisión un cierto tipo de atracción y compromiso personal. Es probable que esta atracción y este compromiso fuesen los rasgos que lo separaron de los demás, a quienes, en general, la tele les importaba un pito y estaban en Radiocentro como podían estar en una fábrica de refrescos.

CON EL QUE, MÁS O MENOS, SE PODÍA

    Pinareño inteligente y espabilado que fue escalando posiciones hasta lograr que le nombraran responsable del Departamento de Programas Musicales de Televisión Cubana, Juanito Hernández era un tipo de mentalidad abierta con el que, más o menos, se podía trabajar. Procedía de la radio de su provincia, en la que había sido locutor y director de emisora, le gustaba y comprendía el mundo audiovisual y con él siempre pude hablar, discutir y disentir sin que por ello me catalogara como su enemigo o como alguien a quien el sistema debía aplastar y expulsar del juego. (2)
    Desde el punto de vista personal, aunque en ocasiones me aplicó castigos injustos y tuvimos períodos con relaciones muy tirantes o absolutamente inexistentes, en general era un tío que procuraba hacerme sentir que tenía en cuenta mis opiniones y que trataba de que lo considerara un compañero y no un jefe. Al menos lo intentaba; habría que ver si lo lograba o no.
    Conmigo se la jugó más de una vez. Por ejemplo: cuando decidió apoyar mi arriesgado proyecto de resucitar “El show del mediodía” de CMQ Televisión y darle la oportunidad a Germán Pinelli de dar rienda suelta a sus excentricidades y ocurrencias en un programa loco que se tituló “En Vivo”. De aquella experiencia hablo en una entrada de este blog, accesible en el siguiente enlace:

El Blog de Pedraza Ginori > TELEVISIÓN CUBANA: EN VIVO CON GERMÁN PINELLI Y VERÓNICA LYNN

EL TRONADO QUE SIEMPRE RETOÑABA
    Echando la vista atrás, no recuerdo otro integrante de la pirámide de mando del ICRT que tuviera un discurso tan lógico como el de Juanito cuando se levantaba con el pie derecho y se olvidaba de que era un miembro del aparato de dirección.
    Su condición de demoledor light y algunos de sus comportamientos no muy en línea con las orientaciones que se dictaban por la ortodoxia recalcitrante, le causaron varios encontronazos con la cúpula, que terminaron en truenes y destituciones que le apartaron de la tele. No era raro perderlo de vista y al tiempo encontrarlo castigado, laborando en puestos de bajo nivel en emisoras radiales.
    Pero él, cual marabú, siempre retoñaba. Trabajando duro se hacía necesario en un medio en que pululaban los mediocres y lograba que le tomaran en cuenta para volver a ocupar un cargo dirigente en radio o en televisión.
    Fue una lástima que él estuviese tan limitado en su marco de actuación, que tuviese que moverse en un ambiente tan asfixiante y que, cansado de serpentear en los entresijos del power, al final se olvidara de veleidades y entrara definitivamente por el aro del sistema, convirtiéndose en un comisario más, dedicado a vigilar el cumplimiento de disparatadas censuras y a aplicar directrices irracionales que bajaban de lo alto.

MI HUELGUITA
    El viernes 20 de junio de 1975 grabamos un “Juntos a las 9” (A la hora del cañonazo), el número 160 de los que yo escribía y dirigía, en el estudio 10 de Radiocentro. En los días siguientes, una vez que editamos el programa, quedó archivado en el Departamento de Video Tape de TV Cubana, a la espera de la noche de su transmisión, el sábado 28.
    Unos días después se descubrió que la videocinta que contenía el programa había sido borrada. "Por error", me dijeron. (3)

    Cuatro meses antes, en febrero, yo había sido víctima de otro de estos desgraciados "accidentes", historia que contaré próximamente en este blog (3). Por tanto, yo estaba muy sensible con este tema de los borrados. 
    Cuando me enteré del suceso, fui a la Redacción de Programas Musicales y, visiblemente encabronado, le dije a Juanito Hernández que conmigo no contara para realizar un nuevo programa que tapara “el error” de la gente de Video Tape. 
    -- O sea, me estás diciendo que te declaras en huelga.
   -- Más bien viene siendo una protesta personal que incluye no repetir un trabajo que ya hice –repliqué.
    Cualquiera que haya vivido en Cuba a mediados de la década del 70, sabe a lo que me estaba exponiendo. El derecho de interrumpir la actividad laboral como forma de protesta o reivindicación llevaba tiempo abolido en la isla. Los que mandaban afirmaban que no tenía sentido que los obreros, dueños de los medios de producción en una sociedad marxista, se declararan en huelga contra sí mismos. Si tenemos en cuenta que allí el estado era el único propietario de todo, este argumento era realmente surrealista, un excelente ejemplo de sofisma.
    Juanito, en lugar de echarme palante como hubiese hecho el 95% de los dirigentes del ICR, le echo tierra al asunto y se fue él mismo a la videoteca, seleccionó algunos números musicales ya vistos, que se habían grabado y emitido en anteriores “Juntos a las 9”, y con ellos armó un programa de refritos que fue el que se transmitió aquel sábado.


¿PADÓNDE SE VA EL TIPO?
    Un día me citó a su despacho y me dijo, con el libreto de mi próximo programa en sus manos, que había que eliminar una canción titulada “Esta noche la paso contigo”, creada por la autora chilena Laura Gómez Llanos y que Miguel Ángel Piña había cantado varias veces en televisión y convertido, con el apoyo de la radio, en un hit en Cuba.
    -- ¿Mandaron a incluirla entre las canciones prohibidas? -pregunté.
    -- No. En este caso, el quitarla es una idea mía.
    -- ¿Y se puede saber por qué la planchas?
    -- Porque la letra dice “mañana me iré, amor mío, pero esta noche la paso contigo”.
    -- Entonces, es por su contenido sexual. Porque sugiere que los dos se van a pasar la noche templando.
    -- No, por eso no. Es que el tipo no aclara para dónde se va mañana, lo deja en el aire. ¿Y si el público entiende que es un gusano que se va para Miami?


LA PELIGROSA INFLUENCIA IDEOLÓGICA DEL PANTALÓN DE LAS CANTANTES
    En otra ocasión, me impuso una sanción de una semana de suspensión de mi trabajo como director de “En Vivo” porque la cantante María Elena Pena actuó en el programa vistiendo un pantalón, cosa que estaba prohibida vaya usted a saber por qué.
    El martes 24 de junio de 1969, al terminar la transmisión, me localizó para informarme mi castigo. Mantuvimos una fuerte discusión y cogí tal berro que, como protesta, dejé de hacer programas y me incorporé voluntariamente a labores en la agricultura en un campamento que tenía el ICRT en Las Guásimas, provincia de La Habana.

    Analizado en frío y desde la distancia que dan los años, se trató de un gesto patético de soberbia, una pataleta de niño que se ve impotente ante unas reglas de obediencia que debe cumplir pero que considera arbitrarias, dictadas sin sentido lógico alguno.
    Desde el 28 de junio hasta el 12 de julio siguiente, anduve perdido de la civilización, atareado en labores del campo mientras me exprimía el cerebro tratando de comprender por qué yo seguía trabajando en una televisión de locos en que pasaban cosas como aquella.
    Mientras anduve por los surcos, sopesé seriamente el buscar un traslado a alguna emisora de radio. Conocía compañeros que eran felices poniendo discos, sin el riesgo de buscarse dolores de cabeza. Pero la tele era la tele y, ¡qué coño!, yo había nacido para trabajar en ella.
    A mi regreso de Las Guásimas, Juanito me dijo que se le había ido la mano, que había recibido el mensaje que quise transmitirle con mi escapada al verde y me pidió que volviera a dirigir “En Vivo” ya que el programa no era lo mismo sin mí.

    Lo dicho, era contradictorio. Alguien capaz de vetar una obra musical porque su texto planteaba “mañana me iré” o de cumplir a rajatabla una prohibición tan desquiciada como la de las mujeres no podían cantar vistiendo pantalones. Y por otro lado, también alguien capaz de redactar una carta de recomendación tan rotunda como la que van a ver, el día en que le pedí un documento que me librara de una movilización de las Milicias.
 
    De hecho, no le solicité la carta a quien estaba al frente de TV Cubana en ese momento ya que no confiaba en lo que escribiría sobre mí. Se la pedí a Juanito aprovechando un día que vi que se había levantado con el pie derecho y no me iba a fallar.

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N   O   T   A   S

(1)   Soy un tipo tranquilo, de naturaleza pacífica. Y jamás aplaudiré ni alentaré un acto de violencia. Ya está demostrado que no sirve para nada excepto para crear más violencia.

   Pero aclarado esto, como acto de onanismo mental no deja de resultarme sugerente y hasta atractiva la idea de que, algún día, se encienda un fuego controlado y expiatorio –onda aquelarre medieval, vaya- que, sin quemar nuestro entrañable edificio Radiocentro (que el probrecito no tiene la culpa), lo desinfecte por dentro con el calor de sus llamas, liberándolo de la costra de mala leche, intolerancia y fanatismo que durante décadas han acumulado las paredes de sus oficinas.

(2)   Otra cosa es lo que realmente pensara o lo que comentara sobre mi persona en las reuniones a puertas cerradas de la dirigencia del organismo o del partido. Eso nunca lo supe y dudo mucho que lo llegue a saber.

(3)  En cuanto publique esa entrada, colocaré aquí el enlace que permitirá acceder a ella.

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1 comentario:

  1. Eso me recuerda un chiste de un borracho, en alusión de la canción de M.A.Piña, que sale de un bar gritando, este país de mierda, este país de mierda, y viene un policía y le dice que está arrestado por difamar de Cuba, el borracho lo mira y le dice: ¿tu sabes de que país estoy hablando yo?, ala semana sale el borracho otra ves diciendo lo mismo , este país de mierda , este país de mierda, y se encuentra otra vez con el policía y le dice ahora si estás arrestado, le vuelve a hacer la misma pregunta el borracho, y le contesta éste , es que ya hable con mis jefes y me dijeron que sólo había un país de mierda y es éste . date preso.

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